-¡Amargado cobarde!
-¡Es una locura! ¡Ya no tiene sentido! ¡YA NO! -el pelirrojo se enfrentó a sí mismo cuando decidió girarse a otear una noche todavía más clara que el ambiente que allí dentro se respiraba. Su reflejo en el cristal de la ventana revelaba un rostro cansado, y que no obstante, todavía encontraba las fuerzas para crisparse con frustración y rancia ira- No, realmente, nunca lo tuvo...
-Nadie te mandó meterte en esto -sin dejar de mirar el exterior, supo que Savriel se acercaba. A pesar de que conservaba su temple mucho mejor que él, sus pasos resonaban con un cierto eco irritado-. Entraste porque quisiste, y del mismo modo, puedes salir si así lo deseas.
Sus palabras sólo sirvieron para encender el acaloramiento de Salem. El humano se giró bruscamente, para enfrentarse directamente al semielfo.
-Tú bien sabes porque metí las narices en este asunto -se adelantó con paso firme, enfatizando sus palabras-. También sabes porque estoy todavía en él. En ambos casos, hablamos de la misma razón.
-¿Entonces? ¿A qué viene todo esto? -las palabras de Savriel sonaron duras, no obstante, Salem siguió en sus trece.
-Estoy esperando a que tú salgas de esto. Si lo haces, ya no habrá nada que me ate a este nombre.
-No voy a hacerlo.
Reinó un tenso silencio; el tiempo suficiente para que el pelirrojo pudiese tranquilizar el impulso de buscar cualquier resquicio de sensatez abriéndole la cabeza a su amigo.
-Es una utopía.
-Era nuestro sueño, ¿recuerdas?
-¡Por todos los dioses, Savriel! ¡Éramos críos! ¡CRÍOS!
-¡Cierto! ¡Y de aquellas no podíamos hacer nada, pero ya ahora sí!
-¡Fantaseábamos con sueños...!
-¡Y ahora luchamos por ellos!
-¡No! ¡Tú ya te apartaste de toda lucidez! ¿Es que no te das cuenta, Savriel? ¿¡No te das cuenta!? ¿Qué es lo que quieres? ¿Vivir un sueño que te lleve a la muerte para luego soñar con una vida? ¿Es eso...?
No se había dado cuenta, pero el Savriel llevaba un buen rato taladrándolo con su almendrada mirada. Cuando por fin lo percibió, Salem notó la angustia instalándose en la boca de su estómago.
Aquel brillo en los ojos grises del semielfo confirmaron sus temores. Aquel fulgor que imitaba el color de la luna y también su inamovible voluntad le dijo que no lograría hacerle cambiar de opinión.
-¿Y tú, Salem? ¿Qué prefieres? ¿Resignarte a la pesadilla?
Duerme...

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