Era la primera vez que pisaba Taeres, y aunque su rostro se mantenía impasible, su instinto escarchado por la indiferencia esperaba que esta fuera la última. Salem alzó la vista, dejando que su ojo esmeralda se asomara más allá de la oscuridad de su capucha, la colina era alta y el castillo lejano... las afueras serían un buen lugar para encontrar alojamiento.
-¿No deberíamos preguntar por la versión de los Qyániros?
Salem puso su ojo en blanco. Herdar era un excelentísimo guerrero, en ese aspecto, el severo muchacho no tenía queja alguna. No obstante, en el momento en el que Herdar sincronizaba el cerebro con su boca, en lugar de hacerlo con sus espadas, la paciencia de Salem estaba en un gran problema.
-¿Para alertar a la población? –a pesar de que la capucha seguía cubriendo su rostro, Herdar del Desierto intuyó la mueca que debió conjurar la expresión del joven- Las ratas tienen buen olfato, tanto para la basura como para la información interesante… No querría que los Qyániros las ahuyentaran asomando el hocico en este asunto –ladeó suavemente la cabeza para mirar al guerrero-. Al menos de momento, puedo llevar este asunto yo solo. Además, cuanto más alejado me mantenga de esta estirpe, mejor.
Herdar sintió el repentino deseo de añadir algo más, pero la paciencia aplacó su réplica, la cual, salió a la luz de atardecer como un simple suspiro de significado retenido. Y entonces se apuró en salir de su despiste: el pelirrojo había acelerado el paso, y élse apresuró en hacer lo propio.
En cuestión de instantes, Salem había logrado hacerse con la dirección de una posada decente dentro de lo peor. Ya caminando por el camino adecuado, no tardarían más de cinco minutos en llegar.
-¡Señor, señor…!
Salem iba a pasar de largo, no obstante la niña, se interpuso en su camino antes de que pudiera hacerlo. Enarcó una ceja, y a pesar de tener el rostro parcialmente oculto, la chiquilla titubeó ante el feroz escepticismo que se leía en su iris.
-S-señor… -tragó saliva, y sus cortos mechones castaños se revolvieron de puro nerviosismo- ¿Una rosa…?
Salem entreabrió su boca, habiendo encontrado por fin la razón por la cual aquella mocosa había irrumpido tan insolentemente para robarle su tiempo, pero no dio ninguna muestra más de atención. Ni la rosa de fresco color burdeos, ni la peculiar mirada de la niña con un ojo del color del cielo, y el otro de la tierra lograron retenerlo ni un segundo más. Cerró su ojo, y siguió adelante, dejando que el sonido de su capa maltratada por el viento se despidiera elocuentemente de la chiquilla.
La niña retrocedió, llevándose una mano a la boca, presa del arrepentimiento. No obstante, antes de agazaparse junto a la compañía de esos otros clientes tan amables como inexistentes, la voz del acompañante del chico la sobresaltó.
-Salem, ¿puedo comprarle una? –Herdar se había agachado junto a la chica, con la cabeza inclinada a un lado, y la vista fija en el muchacho encapuchado. No supo si encogerse o divertirse ante el crispado frenaje de Salem.
-Haz lo que te dé la real gana, yo haré lo mismo. Si no consigues seguir mi paso no será problema mío –y antes mismo de que la última palabra fuera pronunciada, había retomado su camino. Herdar suspiró, mientras rebuscaba en el bolsillo interior de su chaleco un par de peniques.
-¿Está enfadado…?
El guerrero terminó por encontrar las monedas, y se las tendió a la niña con una tranquila y amable sonrisa.
-No especialmente –ante el ceño fruncido de la niña, una risilla estuvo a punto de salir de su garganta-. Siempre es así, pero… -por un momento, un sentimiento de matices otoñales inundó su mirada. ¿Melancolía? Quizás resignación- no es un mal chico. Sólo hay que… saber como tratarlo.
-Pero, ¿estará bien que me compréis…=
-No me dijo que no, y eso yo lo interpreto como un sí. También es cuestión de saber… leer entre líneas.
-Oh, entiendo… ¡Ah, no! ¡Es un penique por una rosa, m-mi señor!
-Lo llaman propina –insistió Herdar, depositando las dos monedas en la palma de la niña, cerrándole los deditos alrededor. La chiquilla no tardó en volver a abrir la mano, contemplando su botín totalmente maravillada. Hoy quizás la hogaza de pan pudiese ser del día-, por los buenos servicios.
Y aunque la chiquilla vaciló, la duda, tan efímera como una chispa en la lluvia, desapareció de sus gestos revelando una gran maestría a la hora de guardar celosamente sus ganancias. Pero entonces pareció pensárselo mejor, y desató una segunda rosa del ramo, tendiéndosela a Herdar.
-No hace…
-Es para el joven señor –repuso tímidamente la chiquilla, acercando la flor al pecho del guerrero con algo más de efusividad.
Herdar accedió a coger a rosa, asintiendo, y volviendo a ponerse en pie.
-Está bien, está bien, se la daré… le arrancará una sonrisa –tenía serias dudas al respecto, pero aquella mentira piadosa que le supo tan dulce en la boca no podía ser tan mala.
-¿En serio? –la pequeña estrechó el ramo de rosas contra su regazo, casi saltando de alegría, aunque esbozando unos botecitos que empezaron a alejarla del señor. Tenía que volver a casa- ¡Entonces yo seguiré arrancando rosas para vosotros, señor! –giró sobre sí, y echó a correr- ¡Gracias!
Herdar medio sonrió, contemplando como el vestidito raído se perdía entre la multitud, pero instantes después, un sudor frío invadió su cuerpo.
-Me dejó atrás… -giró sobre sí mismo, llevándose una mano a la cabeza. Reprimió a duras penas un gruñido irritado- Seas como seas ahora, Salem de Valyria, hay cosas que nunca cambian…
por la noche, se tornan peligrosas



